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Sábado, 14 de Mayo de 2011 15:34

Entre cabarets, vibradores y sexo intenso

por  NoSoyVirgen
 
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Por las calles de Pigalle, en París, Nina hará de las suyas con un guapísimo frances de ojos grandes y azules

Por: Nina.

Regreso de Pigalle con ganas de sexo intenso que me deje sin aliento. Así se los digo sin más. Pigalle, el barrio parisino ubicado entre el boulevard de Clichy y Rochechouart, donde están las sex shops, los cabarets y en el que a finales del siglo XIX, artistas, pintores y trabajadores, buscaban un poco de satisfacción sexual en manos, boca y vagina de las prostitutas francesas. ¿Cómo no hacer de Pigalle mi primer destino en esta ciudad?

Camino por allí, delante del cabaret Moulin Rouge, y es inevitable que se respire sexualidad y erotismo. Las calles, debo decir, son feas y un poco sucias, pero ¿qué barrio rojo es lindo? Aquí lo lindo, es precisamente, esa mezcla ecléctica entre lo viejo, lo nuevo y lo sucio... en ambos sentidos de esta palabra.

Está la salida del metro Pigalle al lado de numerosas sex shops, tiendas de souvenirs, cabarets, hoteles, lugares de masaje, pubs irlandeses, supermercados comunes, tiendas de video sórdidas, muy sórdidas, y otras que son totalmente chic; renovadas, de colores rosas y rojos, que muestran cientos de juguetes, disfraces, lencería, artículos sadomaso; así como edificios donde viven familias sin problema alguno.

También me topo con el museo del erotismo a mi paso: siete pisos de historia de sexo y sensualidad, que ya describiré con calma. Todo en la misma pequeña gran avenida. Fiu. Soy niña en dulcería. Quiero comerme todo y a todos.

Eso, sólo podría ocurrir en una ciudad como ésta. Veo salir a una abuelita de un edificio al lado de un lugar donde la palabra "sex toys", en luces de neón, parece más grande que el edificio; frente al cual, hay un travesti sentado en una banca, imagino yo, esperando un cliente, que cuida que sus pies no le sean arrollados por una chica que cruza intempestivamente el corredor en patines.

Para Pigalle no hay horas. Uno puede ir a las 10 de la mañana a comprar un vibrador, o de pronto a las 2 am, a surtirse de lubricante... ¿Por qué no? Esas urgencias llegan a cualquier hora.

Una calle abajo, se especializan en la venta de guitarras, bajos y artilugios para aquellos que les encanta tocar. Una calle arriba, están los que también les encanta tocar pero otro tipo de cosas... También, cerca de los músicos, hay bares de prostitutas extranjeras. Otra mescolanza fascinante.

Vale decir por eso, que no es raro encontrase a uno que otro guapo con guitarra al hombro por Pigalle. Dios, quiero vivir en esta calle... ¿Hay un letrero de "se renta" por aquí?

Entro a todas las tiendas eróticas que encuentro en mi camino y me quedo horas en ellas, probándome cosas, disfraces, tocando todo cuanto puedo, enterándome de lo nuevo en el mercado de los vibradores. Salgo con miles de bolsitas, bolsas, bolsotas. ¿Cómo voy a regresar a mi hotel con todo eso?

Salgo de la última tienda y se me caen un par de bolsas en la calle. Raro, he escuchado que los franceses no son muy amables y que puedes estarte muriendo en la calle sin que nadie te mire, pero hoy tengo a la suerte conmigo y un guapo, guapísimo, me ayuda con el par de bolsas que fueron a dar cerca de sus pies.

Apenas sé algunas palabras en francés, intento hablar con un terrible acento y mi cara sonrojada. Se sonríe, y sus ojos grandes y azules parecen quitarme el aliento. Me mira, me dice algo en francés que no entiendo, intento hablarle en inglés y él hace un esfuerzo.

Me pregunta de dónde soy y hace una broma cuando mira mis incontables bolsitas, bolsotas. Le digo que ahora tengo que estrenarlo y que no voy a esperarme a México para ello, por supuesto. Sonríe.

Me cuenta que vive por allí y que contrario a lo que piense, no conoce a las tiendas como a la palma de su mano. Comenta que es básicamente un barrio para turistas. Dice que los cabarets distan mucho de ser lo que alguna vez fueron. Hoy están hechos básicamente para la foto. Muy pocos parisinos conocen los entretelones de un cabaret de Pigalle.

Es lo más turístico, porque si uno quiere adentrarse en el mundo del sexo crudo, habría que ir al barrio en que sólo hay prostitutas chinas, o ir a los bosques que rodean a París, a la que llaman "rue de branleurs", donde hay hombres que se masturban en las calles y uno puede pararse con su auto a mirar el espectáculo, los bares de intercambios de parejas o las fiestas sado.

El chico, que parece muy enterado del tema, me pregunta sin más en dónde me hospedo. Le digo y le doy el número de habitación. Imagino que viviendo aquí, debe ser una práctica muy frecuente para él, atrapar turistas cada fin de semana. Qué conveniente y barato, me imagino. Pero quién se resiste a decirle que no. No culpo a las otras cientos de turistas que seguramente cayeron como yo con él. Dice que me buscará esta noche, quedamos a una hora. Ok.

Nos despedimos y me voy al hotel. Miro las miles de cosas nuevas, relucientes y listas para ser usadas en esta travesía. Tengo armamento nuevo. Sólo me falta el sujeto, dícese del hombre en cuestión. Y es viernes. Me espera un largo fin de semana... Tengo ganas de sexo intenso, es lo único que sé. Deseenle suerte a esta matadora.

Nina

¿Qué por qué escribo un blog? ¿Un diario de sexo? Por azar, tal vez. Por coincidencia. Por simple accidente fortuito. Porque un día me encontré con el erotismo y la escritura, desde muy pequeña, y desde entonces no pude separarme de ambos.

Soy treintañera, producto de una historia de amor setentera en la que mi madre tenía una cintura envidiable, el cabello largo y negro, y usaba un vestido rojo cuando conoció a mi padre, que era el más guapo de los alrededores y poseedor de un entonces deportivo y lustroso Maverick azul del año.

Vestido rojo + Maverick azul = Nina. Así es que nací yo. Quizá es que por ello, fijarme, en los detalles, en los colores, en las cosas, desde pequeña, me haya convertido sin desearlo conscientemente en fetichista. Terriblemente perfeccionista. Al hartazgo, a veces insoportable.

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