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Domingo, 07 de Agosto de 2011 02:02

El erotismo como ejercicio y práctica de la libertad

por  NoSoyVirgen
 
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Es claro que actualmente estamos inmersos en un cúmulo de problematizaciones morales de las que muchas veces no sabemos su origen; por lo tanto surge la pregunta: ¿cómo terminamos siendo objetos de preocupaciones morales en este presente?, o mejor, ¿Cómo pasó, históricamente hablando, qué termináramos constituyéndonos como objetos de preocupación moral en este presente? Para resolver este interrogante se hace necesario conocer los precedentes morales, teóricos y conductuales que llevaron a que se formulara esta problematización a través de los años.

Antes de comenzar me parece pertinente definir la moral. Esta ha sido abordada desde dos perspectivas: Una moral como código y una moral que tiende a una ética. En la moral como código las conductas pasan a un segundo plano para dar espacio a una serie de normas y reglas de comportamiento establecidas por unos marcos sociales inmersos en el poder. En cambio, en la que tiende a la ética se perciben las conductas previamente estudiadas por los individuos, o sea, a partir de determinada acción o conducta el sujeto decide si se rige y se conduce por preceptos sociales e institucionales fijados previamente. Por otra parte, la moral implica relaciones con uno mismo, es decir, la consolidación de un sujeto moral se da a través de la definición de las relaciones con el entorno, pero estas varían según los preceptos epistemológicos del conocimiento, ya que cada quien es libre de escoger las practicas por las cuales se transformará su modo de ser. De ahí que, una cosa sea cómo se comporta la gente frente al devenir social y otra muy diferente como deba comportarse.

Por ello decimos que la moral y sus reflexiones no son una norma única establecida para siempre, como piensan los metafísicos, ni son una premisa pura de la razón del alma como afirmaban los idealistas y teólogos. Por el contrario, las problematizaciones morales no dependen de una autoridad externa al sujeto, se debaten porque se han establecido de manera racional como obligaciones construidas históricamente, las cuales fueron impuestas por los mismos sujetos. De allí se desprende la conciencia del término "moral", es decir, la propia conciencia que tiene el ser humano para determinar que sus actos son susceptibles de recibir una calificación moral, o sea, que puedan ser juzgados como buenos o malos.

Es por ello que se hace necesario hacer una reflexión de nosotros mismos como sujetos morales, sus implicaciones y los mecanismos históricos que configuraron esa perspectiva común de comportamiento, lo cual permite conocer la manera en que se ha cambiado la visión sobre los modos de actuar y de juzgar los actos propios y de los demás y cómo esta reflexión posibilita el ejercicio de pensar y percibir distinto las relaciones de poder inmersas dentro de las construcciones simbólicas y morales de cada sujeto. Dentro de este marco de análisis entran los cuestionamientos sobre la vida, el lenguaje, el trabajo, la sexualidad, el erotismo, la felicidad, el amor y su función como operadores y constructores de conductas.

De ahí que se haga necesario concebir la sexualidad como un aspecto central del ser humano, presente a lo largo de su vida, el cual abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual; por lo tanto, la sexualidad es un sistema de la vida humana que se compone de cuatro características: el erotismo, la vinculación afectiva, la reproductividad y el sexo. El

concepto de sexualidad comprende tanto el impulso sexual, dirigido al goce inmediato y a la reproducción, como a los diferentes aspectos de la relación psicológica con el propio cuerpo (sentirse hombre, mujer o ambos a la vez) y de las expectativas del rol social. En la vida cotidiana la sexualidad cumple un papel muy destacado ya que, desde el punto de vista emotivo y de la relación entre las personas, va mucho más allá de la finalidad reproductiva y de las normas o sanciones que estipula la sociedad. Pero para hablar de "sexualidad" como una experiencia histórica supone que hay que analizar una serie de correlaciones entre los tres ejes que la constituyen: "la formación de los saberes que a ella se refieren, los sistemas de poder que regulan sus prácticas y las formas según las cuales los individuos pueden y deben reconocerse como sujetos de esa sexualidad". Pero, ¿ cómo llegamos a preocuparnos por nuestra sexualidad y cómo llegamos a establecerla como una prioridad social? Si nos centramos en el libro sagrado del catolicismo–la Biblia- nos encontraremos con una innumerable lista de leyes, reglas y normas por las que los hombres deben y deberían regirse para encontrar el camino hacia la salvación. Según la Biblia, el primer hombre –Adán- y la primera mujer –Eva-, fueron los progenitores de la raza humana. Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer sin avergonzarse el uno del otro. Solo existía una restricción –la primera en la concepción cristiana- no podían comer el fruto del árbol que estaba ubicado en medio del jardín.

Esta, desde mi perspectiva, aparece como la primera regla dada a la humanidad y por lo tanto la primera que es violada por la misma. A partir de ese momento se dieron cuenta de que estaban desnudos –comienza el problema de la relación con el cuerpo y la carne- cocieron hojas para cubrirse y desencadenaron la ira de Dios; al hombre lo condenó a trabajar de por vida y a la mujer a parir a sus hijos con dolor y le multiplicó el trabajo de su vientre. Es claro que este relato es utilizado para culpar a la humanidad por habitar un mundo muy lejos de la perfección, en el que la tierra se hace de rogar para ofrecer su fruto (Gén. 3,17-19) y en el que la posición social de la mujer es inferior a la del hombre (Gén. 3,16).

Por otro lado, de la tabla de los diez mandamientos se dice que son los preceptos que, según el Antiguo Testamento, fueron entregados por Dios a Moisés en el monte Sinaí. De acuerdo con Éxodo (31,18) fueron grabados por el propio Dios sobre dos tablas de piedra. Algunos filósofos y teólogos como santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, sostenían que todos los mandamientos eran parte de la ley natural y, por consiguiente, aprehensibles para todos los seres racionales. Ambos alegaron que Dios reveló los mandamientos a Moisés para recordar a la humanidad sus obligaciones, olvidadas con facilidad por causa del pecado original. De todo ello, se producen los conceptos de pecado, culpa, arrepentimiento, salvación, impureza, y sobre todo, se empieza a concebir las relaciones con sí mismo y con su cuerpo -carne- como algo pecaminoso, impuro y amoral. Por ello la tradición judeo-cristiana ha entendido la trasgresión de las normas morales dadas por Dios y su relación con la impureza como el alejamiento del hombre de la voluntad del supremo salvador. Pero estas acciones pecaminosas no se resuelven con el arrepentimiento, se necesita un examen profundo, una culpabilidad extrema y una fe ciega en Jesucristo, para así renacer de las cenizas y recobrar el buen camino alejado del pecado, las tentaciones de la carne y las impurezas. Todo ello ha llevado a que los seres humanos se problematicen sobre qué es lo correcto y qué lo incorrecto, es decir, cada quien se cuestiona sobre sus

acciones y sus deberes morales, teniendo en cuenta su concepción religiosa e ideológica frente al mundo lo cual, en ocasiones, produce graves crisis de identidad y juzgamiento de su voluntad.

De todo ello se desprenden las interrogaciones sobre las acciones morales y sexuales, por eso siguiendo a Foucault se ha hecho necesario interrogarse sobre: la relación con el cuerpo, la relación con la esposa, la relación con los muchachos y la relación con la verdad; lo cual ha evidenciado la construcción de un sujeto que se encarga del cuidado de si, del gobierno de sí mismo y de la consolidación de una moral "ejemplar". De lo cual podemos extraer que un hombre es moral porque le agrada serlo, porque ha sido educado para hacerlo así, aunque hay que tener en cuenta que cada sujeto cumple las reglas morales según sus deseos y finalidades, es decir, cada uno elabora su sistema de valores, normas y reglas por las que regirá su vida y con las cuales se realizará y encontrará el camino hacia su verdad.

Por ello el problema del deber, el erotismo, la sexualidad y el amor y su relación con lo "bueno" está dado por la libertad, lo que quiere decir que cada quien es libre de escoger cómo actúa, cómo enfoca sus intenciones y como elige comportarse:

Por lo tanto, nos hemos consolidado como objeto de preocupación moral a partir de las relaciones con nosotros mismos y con los demás: la relación con nuestro cuerpo, con la sexualidad, el sexo y los roles sociales; y con la relación que hemos establecido con las normas y leyes que supuestamente deben regir nuestro actuar y nuestro diario vivir; estas son referidas a las normas religiosas, que son las que rigen todas las relaciones con el entorno, por eso se hace indispensable conocer las prohibiciones que se han hecho a lo largo de la historia para reprimir, responsabilizar y problematizar al hombre dentro del marco social y personal, su culpa, sus placeres, su cuerpo y su camino hacia la felicidad y la salvación; en otras palabras, nos hemos interrogado sobre nuestras prácticas en torno al problema de la felicidad, aceptando y reafirmando la concepción aristotélica del termino: "actividad del alma conforme a la virtud", dejando claro así que cada uno busca su camino hacia ella y lo sigue según el ordenamiento deontológico individual. En conclusión, para entender lo que somos es necesario conocer los poderes que se han establecido desde la creación del hombre, la sociedad y la cultura y pensar cómo esas normas ya no pueden ser utilizadas en la actualidad, pues se hace necesario dejar a un lado la saturación de leyes deontológicas para así construirnos como sujetos que correspondan a la época y a la situación histórica y social.

Paola Umaña (1988). Colombiana radicada en México. Estudia una maestría en la Universidad de Guanajuato. Le gusta escribir de todo un poco pero no lo muestra fácilmente. Así que en Ágora estamos contentos de haberla convencido.

Por Paola Umaña

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