Domingo, Septiembre 24, 2017
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Jueves, 30 de Junio de 2011 15:25

'Orgullo y... ¿prejuicios?'

por  NoSoyVirgen
 
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La cama de Pandora.

Cuando Eva Guillamón me preguntó en la entrevista que me hizo hace unos días en EsRadio sobre mi heterosexualidad militante, no podía yo imaginarme que, una semana después, estaría enfrascada en este dilema: lamer o no lamer el sexo de una chica. Ésa es la cuestión.

-"Pues verás, Eva, no estoy para nada negada a este tipo de experiencias, pero todavía no he tenido una oportunidad. Aunque es verdad que tengo sueños lésbicos que he contado ya en algún post y creo que mi cuerpo y mi subconsciente me están diciendo algo", recuerdo que contesté a la locutora.

A mi amiga Carmen, sin embargo, le pareció que fui entre tibia y tonta.

-"¿Cómo que no has tenido la oportunidad? Será que no la has buscado. Si quisieras de verdad ya lo habrías hecho, Pandora", me echó en cara para posicionarse automáticamente en contra: "Claro que yo no soy una lamecoños. La única almeja cruda que pienso meterme en la boca llevará, por lo menos, un chorro de limón".

Y llevo desde entonces debatiéndome en este sinvivir de probar o no probar, imaginándome en la tesitura de estar deshaciendo la cama con una chica preciosa, acariciar su cuerpo, mordisquear los sitios estratégicos que sé que nos gustan a casi todas, besarla profunda y lentamente... Y hasta ahí, todo perfecto, pero luego tengo interferencias como las del extinto Canal Plus cuando paso de su ombligo para abajo y me imagino acercándome a su entrepierna con la lengua fuera de la boca.

Me sorprendo a mí misma porque, cuanto más recreo en mi cabeza los preliminares, más húmeda me enfrento al cortocircuito final, así es que decidí acudir a un experto (en experiencias homosexuales, no en interferencias) e invité a Martín Lobo a la única función de Rent, el lunes pasado en el Teatro Coliseum.

-"Mira, reina, tú eres he-te-ro-se-xu-al. Deletréalo, que sabes. No me quieras salir ahora del armario, porque ahí no has estado nunca. Así es que, si te ha dado el capricho de comerte un coño, hazlo. No te quedes con las ganas que al final te va a dar ansiedad y es peor. ¿Será por coños, nena? Hay menos que culos, es verdad, pero todas tenéis uno. Mira aquélla, qué mona. Seguro que tiene un coño precioso". Muerta de risa miré al lugar del patio de butacas que Martín me señalaba y me topé con los magnéticos ojos color miel de una chica con el cabello castaño claro, largo y ondulado, los labios rellenos y entreabiertos y los incisivos ligeramente separados que le daban un aire de virgencita viciosa.

Ni me dejó de mirar ni pude separar mis ojos yo hasta que la luz se apagó y comenzó el espectáculo. Sin que Martín ni mi otro vecino de butaca se dieran cuenta, deslicé un pañuelo de papel dentro de mis braguitas para empapar la excitación húmeda que las inundaba y me pasé el resto de la función intentando meter sus rasgos, rectas y curvas en los volúmenes de la mujer con la que hasta ahora me imaginaba retozando.

No la vi más aquella noche. Pero ayer miércoles por la tarde, cuando fui con Elena y Laurita a Chueca, a escuchar el pregón televisado del Gran Wyoming, la descubrí con dos amigos a pocos metros de donde estábamos.

Otra vez me hundí en sus ojos dorados y otra vez, al ver su boca entreabierta, mi sexo reaccionó. Durante unos segundos quise pensar que la razón era el más alto de los dos chicos que la acompañaban, que estaba algo más que bueno, pero desde el principio le había visto abrazar por detrás al más bajito, así es que dejé de buscar excusas y de parapetarme tras la falta de oportunidad porque, aunque yo no la hubiera buscado, estaba claro que la tenía ahí delante, mirándome.

Apretando a escondidas la mano de Elena, que estaba ojiplática, le devolví a Eva (así se llama) la sonrisa.

-"Le gustas a ese bollo", me soltó, descarada, Laurita. "Le apeteces un montón. Yo que tú me iba con ésa, que está muy buena, ya que tanta curiosidad tienes", insistió mientras yo me maldecía a mí misma por haberme confesado con ella. Fue la primera en reaccionar cuando Eva nos hizo un gesto de que les siguiéramos hasta un bar cercano y media hora después, en medio del bullicio festivo, colorista y tolerante, estábamos los seis de cañas como si nos conociéramos de toda la vida.

Me sorprendió cuando abrí la puerta del baño para salir, porque entró de sopetón y casi me caigo en la taza del váter (lo cual hubiera restado mucha excitación a la escena, la verdad). Después, como si temiera asustarme, se movió mucho más despacio mientras me acariciaba la cara, la barbilla, el lóbulo de la oreja y el pelo, antes de acercar su boca y besarme.

Devolverle el beso fue el detonador que explosionó una carga erótica tan poderosa, que en pocos segundos estábamos las dos jadeando de excitación mientras nos acariciábamos por encima y por debajo de la ropa, yo infinitamente más torpe que ella, porque una hendidura húmeda y suave no es lo que estoy acostumbrada a encontrar cuando meto mano dentro de unos vaqueros.

Empezaba ella a arrodillarse ante mí y a forcejear con mi falda, cuando recordé por qué estábamos donde estábamos.

-"Para, para, para... Quieta ahí, que me acaba de bajar la regla. Había venido a ponerme un tampón".

-"¡Vamos, no me jodas!", se lamentó muerta de risa antes de pasarme la lengua desde el pubis hasta el ombligo a modo de premio de consolación.

Le ahorré la explicación del preservativo roto hace dos fines de semana en la punta de un pene griego a la luz de la luna en la cala de Stavros, Creta. La de las farmacias fantasma de Chania y la de la píldora del día después que (mal que les pese a Zeus y a mi padre) por fin estaba surtiendo efecto. De pronto me dio un poco de vergüenza confesarle que soy hetero, así es que, mientras disfrutaba del roce y la presión de su muslo en mi sexo y de su lengua lamiendo mis labios, la cité para la semana que viene.

Y ahora estoy aquí, de madrugada, desvelada, pensando si en realidad me apetece, si es un trámite que me he autoimpuesto cumplir y qué va a pasar cuando llegue a la zona en la que se codifica mi fantasía lésbica.

Laurita y Martín me animan a que pruebe, Carmen lo desaconseja categóricamente y Elena... Elena me está preparando un kit decodificador con recortes de film de cocina para no lamer sin barrera, un bote de lubricante (por si nos falla la naturaleza), un dildo doble y algunos teléfonos de emergencia.

-"¿Y los teléfonos para qué son?", le he preguntado extrañada.

-"Pues por si las interferencias, Pandora. Si la situación se te codifica otra vez, siempre puedes llamar a un antenista, digo... a un amigo y montaros algo los tres".

Eso, ya puestos, que no nos falte de nada. La suerte está echada, así es que, de la semana que viene no pasa que yo haya probado por fin un coño o un trío.

Pero eso os lo cuento al final del verano. ¡¡¡Felices vacaciones!!!

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Foto: Ilustración: Luci Gutiérrez

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Ultima modificacion el Jueves, 30 de Junio de 2011 15:33
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