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Lunes, 30 de Enero de 2012 10:13

Las chicas se ponen duras

por  NoSoyVirgen
 
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La cantante caribeña Rihanna declaraba recientemente en una entrevista que en su vida íntima –sexual, se entiende–, "le gusta que le azoten". Esto después de atravesar un episodio de maltrato doméstico perpetrado por su expareja, Chris Brown, de resonancia mediática poco menos que mundial. La honestidad o un entendimiento muy singular de en qué consiste la provocación –lo segundo, seguramente– pudieron más que la prudencia.

Y es que después de los hombres, son ya las mujeres mediáticas quienes pueden trascender la mera provocación para entrar, siempre que lo deseen, en el plano de lo cuestionable. La tristemente difunta Amy Winehouse, por ejemplo, aderezó su inmenso talento musical con letras que, en algún caso, no incurrían en lo ilegal pero sí en su apología. El imperio de la corrección política del que la mujer se emancipa como antes hiciera el hombre es, más que un espectro, una frontera. Hay quien trasciende esa frontera, sin más, y hay quién no se detiene y prefiere ir aún más allá.

En nuestro país podemos encontrar ejemplos de mujeres con una presencia más o menos mediática que dejan pequeña aquella noción tan vieja que reza que las chicas son guerreras. La cantante Bebe, por ejemplo, aparecía hace años en la portada de una revista con el pecho desnudo, y hace unos meses protagonizaba un pequeño revuelo al dirigirse a unos periodistas entre exabruptos y lo que muchos criticaron como faltas de respeto. La escritora Lucía Etxebarría, por su parte, conocida por su obra pero también por ser asidua a según qué jardines, aparecía desnuda hace unos días en unas fotos que a estas alturas recorren internet como la pólvora. La escritora ha asegurado que se debe a un error técnico en su perfil de Facebook y ha aprovechado, de paso, para compararse con Scarlett Johansson. En su proyección pública, ambas artistas se han significado por su compromiso con la igualdad, lo que invita a preguntarse por la continuidad entre este discurso y la recurrencia en su biografía pública de anécdotas de este tipo. ¿Es la provocación parte de un discurso reivindicativo legítimo o se trata, sin más, de exhibicionismo?

El arma de la desnudez

"La provocación era el discurso de la vanguardia artística", comenta para El Confidencial José Javier Esparza, periodista y escritor. "Formaba parte de su manifestación contra el orden. Sin embargo, hoy la provocación empieza a ser el discurso masivo, pese a que este orden ha desaparecido".

En el caso particular del rol femenino, la provocación a través del propio cuerpo formó parte fundamental de la reivindicación feminista "a partir de los 60 y 70", explica Lola López Mondéjar, psicoanalista y escritora. Se trataba de "romper el estereotipo de un cuerpo que había sido construido para el arte para la mirada masculina". La reivindicación de igualdad, no obstante, cambia y evoluciona con el tiempo conforme acontecen sus progresos, y parece evidente que discursos con medio siglo de antigüedad podrían haber perdido vigencia. "Yo –opina López Mondéjar–, ahora mismo, ya no lo creo necesario".

La mujer, nos cuenta, necesita reivindicar "un lugar en la cultura que no pase por el cuerpo". El autor o el artista que se quiera comprometer con la necesidad de igualdad deberá ceñirse "a su plano de expresión habitual" y no incurrir necesariamente en el exhibicionismo o la llamada de atención. En la desnudez agitada en los medios, en muchas ocasiones, "no hay tanto un interés reivindicativo como sí de marketing". Incluso cuando en ello median legítimas motivaciones intelectuales o ideológicas, existe en el seno del discurso igualitario una controversia acerca de la conveniencia o no de utilizar el propio cuerpo femenino como fuente de poder. "El exhibicionismo es todo lo contrario", nos dice Esparza: "Te conviertes en mercancía"

Un problema mediático

Y es que los medios tienden a agitar las historias de provocación. "En la normalidad no hay historia", explica la escritora. "Lo extravagante vende. En eso tienen una enorme responsabilidad los medios", que se pliegan sin discusión a unos apetitos que, en el fondo, no responden tanto a moda o inercia histórica como sí a la propia esencia humana. En el reino animal, explica Esparza, hay tres grandes observadores: "el cuervo, el lobo y el hombre". Observar es la más humana de las actitudes, y que tal acontezca se requiere necesariamente de alguien que sea observado.

En la moderna escala de referentes, confirma López Mondéjar, "la excelencia se supedita a la visibilidad". Nadie resulta modélico o ejemplar, por bueno que sea en lo suyo, si no es a través de la celebración mediática. En muchas ocasiones "los ignorantes ocupan los lugares de visibilidad social", denuncia, porque esta visibilidad deja de ser medio para convertirse en objetivo.

El resultado es que muchas veces, según López Mondéjar, en el diálogo cultural o del entretenimiento, "se promociona lo intrascendente". "Vende", sintetiza Esparza. Y cuando en tal concurra el factor femenino, no hay regresión posible a la reivindicación intelectual o ideológica; se trata de un "flaco favor" a la causa igualitaria, según ella, y de "una lógica perversa".

"El error", advierte, "sería identificar el rechazo a todo esto con el discurso de la moralina". Lola, que se identifica con el discurso laicista, comenta que "el laicismo no tiene por qué ir aparejado con una sociedad sin valores" o "carente de tensión moral". "Se ha elevado el hombre común, cuanto más comunes seamos, mejor. Es el modelo muy accesible, y eso es muy consolador". Pero obliga a que nuestros modelos y referentes "no abunden en la idea de la decencia". Esparza comenta que lo incorrecto siempre ha existido: "En España tuvimos, en el siglo XVIII, una reina que se paseaba desnuda por palacio", ejemplifica. El problema, si es que queremos llamarlo así, reside cuando la actitud de la contestación es asumida como un discurso total y el ajuste a las normas se convierte, de hecho, en la excepción.

Las mujeres mediáticas, más allá de la provocación. (ARCHIVO)

Rubén Díaz Caviedes

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